De sueños, colores y algunas resacas.

Lectura

De sueños, colores y algunas resacas

2026Publicado abril 2026Web

Prólogo

Querida/Querido, ¿cómo estás?

Pasá, sentate, bienvenido al prólogo de mi primera obra escrita. Tengo algunas cosas que quiero contarte antes.

Esta es una obra que fui escribiendo a lo largo del último año y algo. Como todos en este tiempo, atravesé diversos momentos. Días felices, días grises, algunos nostálgicos, otros de simple inercia, forman parte de esto y creo que eso puede verse bastante bien a lo largo de la obra. Con el tiempo fui entendiendo que estos textos no hablan solo de esos momentos, sino también de una especie de intento por retener y dar sentido a algo antes de volverse extraño hasta para uno mismo. Casi como una pequeña resistencia al paso del tiempo.

Creo que esta es, sobre todo, una obra de búsqueda, de encontrar una voz, una forma de decir algo. He intentado sostener un estilo simple, con el que me siento cómodo, aunque en algunos pasajes pueden verse algunas lecturas y formas ajenas que me acompañaron en este tiempo

En la obra hay referencias a algunos artistas que me gustan mucho, como Magritte, Pessoa, Delmira Agustini o los Buitres, entre varios otros. Algunas evidentes, otras no tanto, pero siempre busqué sostener mi idea.

En estos textos, ademas, aparecen calles, bares, casas, colores y personas que alguna vez fueron parte de algo

Algunas cosas fueron escritas desde la total búsqueda, del sentarme, pensarlas, buscarlas y trabajar en ellas incluso por momentos rozando la obsesion, algo nuevo para mi. Otras, en cambio, nacen del impulso de escribir sin pensar demasiado y ver qué pasa.

La obra está dividida en 3 capítulos que, a la distancia, buscan ordenarse entre sueños, colores y algunas resacas, pero la realidad es que no siguen necesariamente el orden que sugiere el título. Algunos hablan de sueños, otros de colores, algunos de resacas. Quizá alguno reúna a todos y otros, estoy seguro, a ninguno.

En fin, como me gusta decir, si alguno de estos textos logra generar en vos algo, positivo, negativo, un pensamiento, una emoción, incluso la vergüenza, es para mí una victoria.

De hecho, si llegaste acá, ya es una victoria.

Ya gané.

Espero que guste, o no.

Con gusto,

Daniel.

Todo está listo, aunque no sepa para qué.

Capítulo I

Apertura

Dormí demasiado bien

durante casi veinticinco años.

Ya no.

A veces escribo

y respiro más lento

como si entendiera algo.

Durante mucho tiempo

creí

que alguien allá arriba

la suerte,

el universo,

Dios

o lo que fuera

me guardaba un lugar.

Quizás todavia.

Acepto

con algo de ironía,

que perder

es parte de la vida.

Pero ahora sé

que lo único que tenemos

son estas primeras palabras

dichas otra vez.

Y algunas sensaciones.

El miedo simple

al paso del tiempo.

Ese intento torpe

de retenerlo.

Porque alguna vez escribí

que la eternidad

no es otra cosa

que un instante

al que logramos

encontrar.

Por eso escribo.

Para no perder las ideas.

Para no perder la pasión.

Para seguir creyendo

en los sueños

como se cree en el sol.

Y cuando este cae de lleno

en la calma

que hoy

no tengo.

Cruzo los dedos.

Entre sueños,

colores

y algunas resacas.

Sueño 3

Desperté,

salí a caminar,

la niebla sabía hablar.

Calles empedradas,

nubes de azúcar,

sombras al pasar.

Veo números:

tres, dos, uno,

y rostros mudos

sin boca,

que murmuran

de faros, rosas

y rocas.

Sirenas congeladas

en charcos,

en botellas vaciadas.

Personas de blanco,

arcoíris grises,

espinas perladas.

Una puerta se abre,

está muy lejos.

No puedo entrar.

No puedo salir.

Y, por un segundo,

quiero morir.

Y entre la bruma,

la voz de un árbol

canta

de rojo y naranja.

Mientras su sombra

me nombra por nada.

El espejo

El espejo no devuelve la mirada,

veo, miro y no distingo mi cara.

¿He perdido mi rostro o es el espejo que falla?

Todo lo demás en él se halla.

Veo reflejado en él todo alrededor:

dos guitarras, un sillón y todo en color.

Un destello de sombra cruza de lado,

el vidrio respira, el aire está helado.

Mis manos, veo mis manos.

Toco mi rostro y allí está,

pero en el reflejo solo persiste

el vacío que no se va.

El cuarto se pliega dentro del cristal,

los objetos se mueven, parecen flotar.

Las guitarras vibran sin ser tocadas,

el sillón se hunde en olas mareadas.

Yo no aparezco, me borran, me niegan,

mi imagen se esconde, no deja huella.

Todo está vivo detrás del cristal,

menos mi rostro, borrado al azar.

Y el sueño insiste, se quiebra, me nombra,

un eco me llama desde la sombra.

Me busco, me pierdo, no logro encontrar

la cara que un día aprendí a usar.

El retrato

En la penumbra el retrato descansa,

un marco dorado, la tela canta.

Su rostro tranquilo parece dormir,

el óleo respira un aire febril.

Los ojos me siguen con brillo secreto,

me rozan la piel, me arrancan el sueño.

La sala se enciende con fuego callado,

el cuadro me mira, estoy atrapado.

Sus labios se mueven, murmuran mi nombre,

la carne en la tela parece de hombre.

El tiempo se pierde, la luz se congela,

mi sangre se hiela, mi alma se quiebra.

La pintura tiembla, el color se desgarra,

un grito estalla detrás de la cara.

Y en un relámpago frío y brutal,

del marco me mira la Muerte total.

La vi envuelta en la manta,

rojo sangre corría por su cara.

Eran gemidos, dientes y carcajadas,

sensual, sagrada, brutal y despiadada.

Sobre la cama un hombre temblaba,

vergonzoso esperaba la madrugada.

Sabía su final, su única razón:

ser testigo del rito, de la destrucción.

Tendidos en el suelo, los ángeles,

carnaval de bestias indomables.

Atados con cuerdas, rugían,

temiendo las sombras que venían.

La noche profunda cayó.

Lo esperado sucedió.

Fue muerte, ira y pasión.

Fue todo lo de siempre, corazón.

Silenciosa orquesta

En las notas de un violín

me perdí.

La orquesta silenciosa

anunciaba el fin.

La melodía suave

me envolvió,

y bailando en su eco,

me perdió.

Octavas,

silencios,

un coro en ascenso:

triunfal,

estremecedor.

Carnaval de sensación,

dios de sangre y pasión,

dolor que atraviesa

y desgarra

el corazón.

Pierdo el aire,

la razón,

la voz entera

en la canción.

La flor,

la fortuna,

el espejo,

el color,

todos tiemblan

al mismo acorde,

al mismo temblor.

La riqueza de mi alma

se quiebra,

se rinde,

se pierde

ante su voz.

Y el infierno

me abraza,

me consume,

me alza,

su fuego recuerda

lo que tuve

y lo que no.

Me recuerda

perderla,

perseguirla,

verla;

no tenerla,

no saber

de ella...

solo oírla,

solo sentirla

en cada nota

que al romperse

me revela.

Lluvia en ciudad vieja

Camino Ciudad Vieja

buscando compasión,

algo de calma

para este corazón.

La lluvia cae

y río.

El agua moja mi pelo,

limpia el cuerpo,

quita el peso.

Miro las nubes,

densas,

azules,

sobre todo el gris.

Hacia el puerto,

Misiones.

Vieja conocida

que ya no me mira.

En Plaza Zabala

la lluvia resbala.

Estuve tan cerca

y sin buscar esa calma.

Quedan

los muros,

las notas,

los pasos,

la vieja historia.

Yo estoy ahí,

todo sigue ahí.

2 de febrero y la rambla

-34.97270, -54.95218

Lunes de nubes rosadas,

2 de febrero y la rambla.

La curva se estira en calma,

las casas guardan su alma.

La bandera ondea tranquila,

la isla de Lobos brilla.

El viento pasa en la esquina,

las cerrajas rozan mi rodilla.

Jardines bien cuidados,

portones gigantes cerrados.

Las gaviotas sin ruido,

todo parece dormido.

El faro asoma en la altura,

en medio de tanta estructura.

Un gato camina en la cornisa,

con paso lento, sin prisa.

Hoy no hay risas, no hay gente,

solo el aire, limpio y presente.

Y yo, parado en silencio,

mirando el mar, con tiempo.

Un deseo

Quiero ir donde nunca fui,

quiero un rayo de sol en mi jardín,

aunque solo sea un balcón,

y ese balcón, solo un rincón.

Quiero cantar la canción de siempre,

bajo la lluvia, frente al mar.

Que en La Paloma el cielo me encuentre,

y no me importe regresar.

Donde quepa el silencio,

donde el tiempo se aquiete,

donde no sienta el invierno,

ni me falte la suerte.

Sobre el color y algo más

Sentada en la cama con mi canguro violeta,

sacudía la cabeza y movía las piernas.

De ojos grises, profundos y enormes,

tocaba mi Strato azul y decía poemas.

Le gustaban las flores rojas,

los besos en la frente y mirar las olas,

grandes, celestes, hermosas.

Corría descalza y pasaban las horas.

Acariciaba el verde pasto de la rambla,

tomaba café y a veces bailaba.

Tarareaba siempre la misma canción

y decía secretos sin ninguna razón.

Tenía una voz suave que me gustaba

y con una mueca decía lo que pensaba.

Una sonrisa blanca, casi transparente,

que no sé por qué no siempre mostraba.

Azul

En los campos de canola

yo la vi parada,

yo la vi sola.

Envuelta en el alegre amarillo,

miraba al horizonte

perdido.

Buscaba una flor roja

que fuese como ella,

tan sola.

Azul era su nombre,

a veces cantaba

a los hombres.

Tenía siempre una sonrisa triste,

era imposible

ver sus ojos grises.

Verdes eran sus vestidos,

aunque no siempre

eran vistos.

Esperaba por la negra oscuridad,

ese instante

donde era libertad.

Miraba el blanco de las estrellas,

esperaba

que alguna fuera por ella.

Azul era su nombre.

Gris

El día es gris,

la calle es gris,

las horas caen,

todo es así.

Camino, vuelvo,

nada se mueve,

la misma sombra,

ni siquiera llueve.

Un plato, una cama,

el mismo reloj,

la vida cansada,

el mismo dolor.

Trabajo, silencio,

rutina sin fin,

el día es gris,

yo soy gris.

Capítulo II

Ideas repetidas

Buenas noches.

¿Cómo están?

Tengo una historia

que nadie quiere escuchar,

una que no quiero contar.

Abrazado a una botella

y a un cuaderno,

me doy cuenta que

tengo algunos sueños.

Sueños de niños,

de anillos,

de esos que hoy

están perdidos.

Tengo algunos secretos,

en realidad, cientos.

Pocos están

en el papel,

y así está bien.

A veces pienso,

¿cómo seguir?

Veo,

algo

se me va a ocurrir.

Algo.

Palabras tachadas,

ideas repetidas,

ideas repetidas.

Versos incompletos,

acordes menores,

más secretos.

Un poco borracho.

Extraño.

Raro.

Escena

Hay un retrato en la pared.

La sonrisa de alguien que se fue.

Sobre la mesa,

dos vasos con marcas de whisky

y un habano que nunca terminé.

Libros apilados sin orden,

Hermosos y malditos

Cálices vacíos.

La luz entra por las rendijas

de una persiana que nunca subo del todo.

Dibuja líneas en el piso,

en los papeles,

en mi ropa colgada de la silla.

La luz amarilla sobre la mesa

no ilumina mucho,

pero alcanza.

Hay olor a perfume francés

flotando entre el humo y la pared.

Una silla torcida

que cruje cuando nadie la toca.

Lapiceras abiertas,

lápices sin punta,

papeles con frases sueltas

que ya no sé si son ideas o basura.

Un reloj de arena sin apuro.

Llaves en un rincón.

Un parlante enorme

esperando alguna canción.

No hay silencio,

pero nadie habla.

Todo está listo,

aunque no sepa para qué.

De suerte también se puede morir

Hoy

vendría bien una señal,

una coincidencia.

Solía ser tan confiado,

tenerlo todo tan claro.

Hasta que entendí

que de suerte

también se puede morir.

Que la belleza

de mirar a los ojos

no es algo para todos.

Que las ideas

no salvan.

Que la gente

no cambia.

Que la gracia

no es gratis.

Que a veces

todo es más fácil.

Que no siempre

hay que poner el pecho.

Que la paz

no es un derecho.

Hasta que entendí

que la libertad,

a veces,

es demasiada responsabilidad.

Una tregua

Una tregua hace bien,

me dijo una señora una vez.

Poner la pelota bajo el pie,

el diario bajo el brazo

y sentir la piel.

Respirar un rato,

no pensar tanto.

Mirar un poco para abajo

y recordar

que estamos bien.

Abrir los ojos,

grandes,

bien grandes.

A veces reírse,

bien alto,

casi gritando.

Mirar el cielo,

contar las estrellas.

Son muchas,

pero sí... eso.

Escribir

un par de palabras,

no tantas.

Para mí,

para vos,

para ella.

Recordar

los buenos tiempos,

olvidarse

que los tenemos.

Quemarse con el sol,

cantar una canción,

mandar un mensaje

y, por qué no,

pensar en vos.

Ir a la playa,

comer mal,

volver a reírse,

saltar unas olas,

irse.

Estar en silencio,

estar solo,

estar,

un poco más,

nosotros.

En fin,

una tregua hace bien.

Número seis

Abrí una caja,

encontré unas fotos,

vi unas cartas

y un saco roto.

Había polvo,

estornudé,

y entre la risa y la nada

volví a lo que fue.

Encontré un casete

que miraba mis pies;

con lapicera decía:

“Primeros pasos, Daniel”.

Unos cuadernos de escuela,

rayados y torcidos,

con letras torpes

y dibujos perdidos.

Cartas de amor

de cuando iba al liceo,

palabras grandes

en papeles pequeños.

Entradas gastadas

de aquellos conciertos,

la música viva

en papeles desiertos.

Medallas guardadas

de cuando corría,

el aire en la cara,

la gloria en el día.

Una camiseta de fútbol,

azul desteñido,

con el número seis

de aquel niño perdido.

Las cosas se apagan,

los años pasan,

pero en cada recuerdo

me vuelvo a ver.

Eternidad II

Pero, además de en sus brazos,

en el ruido del mar, en nuestros pasos.

La encuentro en lo efímero de los momentos,

en mi abuelo y todos sus cuentos.

La veo en la mirada perdida,

en una canción, en la palabra escrita.

La siento en una caricia,

en un sueño y en una mentira.

La escucho en un amigo

y siempre que estoy perdido.

La noto en un cuadro de Sayago

y caminando por el Prado.

Irónicamente, es solo un momento:

un segundo incompleto,

un instante de vida capturado.

Justo. Preciso. Esperado.

Fragmentos

Agua paseando por el rostro,

signo del tiempo, algo roto.

Las notas de un piano tenso,

el recuerdo tibio de algunos besos.

Flores arrancadas,

gritos, llantos y carcajadas.

La noria, las sombrillas,

sueños y fantasías.

Manos en la niebla,

un camino, unas piedras.

Un sutil paso de baile,

respirar lento el mismo aire.

Una guitarra desafinada,

la voz apenas quebrada.

La piedad del fuerte viento,

caricias,

fragmentos.

Añil anaranjado

Tendremos tiempo, amor,

hasta que las horas estallen.

Estoy encerrado

en este bosque,

dudo que me hallen.

No logro descifrar,

pero sé

que algo

pronto ocurrirá.

Entre las hojas

veo el cielo

añil,

anaranjado.

Sé que no es demasiado.

No es tanto.

Pero es algo.

No pido que esperes.

No quiero que llores.

Y no llorará el pasado

si todavía estamos bien

en algún lado.

Así y todo,

las cosas

no hubieran cambiado.

El cuadro de los amantes

Ver Les Amants, de René Magritte.

Besémonos sin vernos.

Tapemos nuestros rostros.

Olvidemos quiénes somos.

Todo de nosotros.

Ponte tu mejor ropa,

me pondré la mía.

Juntemos nuestros brazos,

abracemos la caída.

Rompamos nuestros dientes,

hagamos que duela.

Que el silencio nos cubra

como marea lenta.

¿Qué importa lo demás?

¿Qué importa el después?

Dejemos que el cielo

sea todo, todo arder.

Entre amapolas rojas

reposan nuestros días,

glorias de amantes

sin melodías.

Somos piezas perdidas

de una historia incompleta,

sueños de arena

en manos que aprietan.

Besémonos sin vernos.

Tapemos nuestros rostros.

Olvidemos quiénes somos.

Todo de nosotros.

Solo y loco Soliloquio

Solo.

Soledad.

Hay algo ahí.

Quizá.

Camino

la playa,

las calles.

Hablo en voz alta,

y mi voz

me abraza.

Loco.

Seguro.

Tranquilo.

Solo.

Hijo del hombre

Cómo me gustaría ver tu rostro,

sentirte cerca, aunque sea un poco.

Entender por qué te ocultas,

saber qué es lo que buscas.

Tomar un café, darte la mano,

mirar detrás del verde extraño.

Contemplar contigo el cielo gris,

hablar de la simpleza, del morir.

Reír un poco, burlarnos quizá,

y en silencio rozar la eternidad.

Comentar nuestros sueños,

lo trascendental y el duelo.

Leer tus libros y preguntar

si aquello sucedió, si es verdad.

Solo quizá

¿Y si los ojos mienten?

¿Si lo que vemos no fuera real?

¿Qué sería de nosotros sin confiar,

si el sueño y el día fueran igual?

Llamamos verdad

a lo que elegimos no dudar,

y quizá, solo quizá,

allí esté la realidad.

Entonces,

¿debo dudar de todo?

La fe,

los principios,

el bien,

el mal...

¿Dónde están?

Quizá, solo quizá,

allí esté la verdad.

Algo más que esto

“Tengo sed, sed ardiente” — D.A.

Yo no nací para esta luz

doméstica,

sencilla,

que apenas ilumina

la frente amarga

de la vida mía.

Hay en mi pecho

un ánfora encendida,

un hambre cruel de abismos y rosas,

una sed imposible de caída,

de negras y celestes

tempestades hermosas.

¿Para qué tengo los ojos

si no hay más que este sol acostumbrado?

¿Para qué la carne, si no existe

un temblor más hondo,

feroz y sagrado?

Yo quiero un goce que destruya el mundo,

una alegría mortal como una herida,

un dolor tan magnífico y profundo

que deje entre mis huesos

otra razón de vida.

No bastaron

sus labios,

ni la música,

ni el breve laurel,

ni la verde resina;

presiento detrás de esta dicha

una miel más terrible,

otra noche mía.

Y si no hubiese más,

si todo se consume

en esta pobre cosa llamada tiempo,

si en verdad no somos más que esto,

fulgor y sombra

que se apaga lento.

Lo acepto.

Pero entonces, esta pena,

esta rebelión de sangre,

este delirio,

¿por qué arde como filo en vena

si no existe al fin

ni cielo ni martirio?

¡Qué difícil convicción la del vacío!

¡Qué duro aceptar tan honda miseria!

Mi corazón,

arrogante

y sombrío,

golpea contra el límite

como bestia fiera.

Porque,

si hemos de ser apenas este paso,

esta tenue luz pérfida,

yo culpo al cielo,

al tiempo escaso,

de haber puesto al infinito

en esta breve vida.

Y aun así, y todavía,

tiendo la sed como un sol de mayo,

algo en mí clama noche y día

que no todo puede ser

tan frágil,

tan cansado.

Debe haber más fiebre en la hermosura,

más valor en el llanto,

en el beso,

más tempestad en la ternura,

más un todo ardiendo

detrás de este peso.

Y si no lo hay,

¡qué trágica condena

la de sentir un mar

con sed de cielo!

Ser una llama inmensa,

presa en la breve forma

de un simple anhelo

y que ni siquiera este

sea eterno.

Batirse a duelo

Mirarse a uno mismo, ¿para qué?

Solía preguntarme.

¿Para ver la oscuridad que nunca quise ver?

¿Para enfrentar algo que en realidad

nunca quise entender?

¿Qué sentido tiene animarse a dar una pelea

que no termina?

Una pelea eterna, imposible de ganar.

¿Cómo podría yo ser capaz de ganarle

a algo tan desconocido como yo mismo?

Si ni siquiera sé qué quiero hacer después,

¿cómo podría ganarle a alguien

tan impredecible

que quiere algo

y hace lo contrario?

Alguien tan perdido

y encontrado en el mismo lugar

que todo parece estar bien

cuando está mal.

Alguien que incluso al despertar

ya se quiere dormir.

Que cuando es lunes desea el viernes

y cuando es viernes le teme al lunes.

Alguien que escribe y recuerda

para olvidarse

de aquello que quiere recordar.

Alguien tan perdido

que se encuentra

en cada golpe

que se da a sí mismo.

Alguien tan lúcido

que encuentra en la confusión

poco menos que una bendición

para volver a sentir el peso de la lucidez

un rato,

para volverse a confundir

mientras mira sus manos.

Lucidez

De repente,

soy bueno para pensar.

Como si toda la lucidez

que no busqué durante años

me atacara a la vez.

Hay alivio en entender,

calma en ver algunas cosas,

la suerte,

aprender,

perder.

Lucidez.

#

Sobre una idea de Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

Porque es perfectamente inútil esperar,

mantener la dignidad del tedio, intentar.

Llamativamente, no hay encanto tan bello

como verte y comenzar de nuevo. El duelo.

Tengo un epicureísmo sutil de alma.

Me basta la sensación de ver el reflejo

de la luz entrar por mi ventana. La calma.

Me alcanza sentir que el pensamiento

se vuelve leve y que, por un instante,

casi no duele.

Se muere.

Capítulo III

Menos

No era solo

el beso en la sien.

Ni las manos húmedas.

Ni el gris.

Ni mirar al sur

por si quedaba algo ahí.

No era solo

el buzo blanco,

ni las cosas por decir,

ni esa forma rara

de seguir un momento más

sin saber si ir.

Era algo en eso,

algo que todavía

no sé describir

sin volverlo menos.

Porque por un segundo,

solo un segundo,

todo parece

estúpido,

pequeño,

casi ajeno.

Y después no.

Tedio

Poesías muertas,

son fragmentos,

matar el tiempo,

tan poco siento.

Hábitos raros,

palabras sueltas,

flores viejas,

no me mientas.

Ideas usadas,

amarillas, cansadas.

Lluvia seca,

estar más cerca.

Rincones perdidos,

grises, vividos.

Rutas truncas,

siempre y nunca.

En su ausencia

Lo que traje ya no dice nada.

Seco, olvidado, sin cara ni gracia.

Está ahí, en la cama, en un rincón de casa,

como este cuarto donde el tiempo no pasa.

Si supiera dónde estamos,

si pudiera, tan solo, saber si lloramos.

Quizá en otro lado, vos también pensás

que fue poco, que fue mucho, que ya no da.

Una vez lo dijiste, sin voz ni reclamo:

“Ni una me diste”, y bajaste la mano.

Como quien ya se rindió,

con el dolor pasando.

El café se enfría como nuestras voces,

el aire no pesa, tampoco hay roces.

Hay un eco tuyo en cada rincón,

no queda espacio para el perdón.

Te nombré en silencio, con verdad, sin drama,

como si eso alcanzara para encender una llama.

Y me encontré solo, con culpa en los ojos,

con el gesto marchito y los brazos flojos.

¿Dónde quedó todo lo que dolía?

¿Quién guarda el amor cuando ya no es poesía?

Me queda esa sombra, esa ausencia concreta,

y el recuerdo sin nombre

sobre la mesa.

Entre acertado error e idiota costumbre

Tengo todavía algunas cosas.

Una invitación más.

Un plan B

que salió mal

y no entendió nada.

Abril,

por ejemplo.

La costumbre idiota

de mirar al cielo.

Tu mano en mi espalda,

la mía en tu falda.

Una taza azul.

Una pantufla.

Dos o tres gestos.

La lluvia.

Algo de tiempo

que, irónicamente,

ya ni quiero.

El acertado error,

casi un papelón

de seguir pensando en vos.

3 Palabras

Ese banco de la plaza,

tres veces tres,

es mi lugar

y ya no es.

3 veces me callé,

3 veces me ahogué en las palabras

que no dije, solo pensé.

3 veces maté a Dios

en mis rezos sin fe.

3 veces grité,

3 veces te nombré.

3 ideas desmayadas

que nunca te conté.

Tantas veces lo busqué

hasta que,

al fin,

ma rendí

3 veces desperté

y morí viviendo,

soñándote.

3 cuchillos —3—

fueron los que quemé,

y sus palabras olvidé.

Lo escribí,

me escribí,

derramé mi piel

en el papel

mientras,

sin pensarlo,

las olvidé.

3 palabras:

fáciles,

sencillas,

inútiles,

pérdidas.

Te amo

y adiós.

“Te amo”

son dos.

No cuenta mi adiós.

Insurrección

Hoy quiero pelear.

Mis manos tiemblan,

me abrazan,

cubren mi cara.

El viento me lleva,

me corre el fuego.

El peso del pensamiento

me hunde.

El delirio de mi sangre

me ahoga.

Yo es otro,

y es antes.

La errancia me castiga.

La libertad

es culpable.

No hay revolución

si todos quieren ganar.

El éxtasis, la pasión…

qué tan lejos del dolor?

El roce de la piel

me envenena.

El sexo me aprisiona.

La carne ya no es.

Es eso:

es cárcel.

Frente a una catedral

Caminando

me volví a encontrar.

Fumando

frente a una catedral.

Con ironía

se me escapa una sonrisa,

veo que

algunas cosas

no van a cambiar.

Así no soñé la vida,

es verdad.

Pero a esta altura,

qué más da.

Es así

Tengo algunas certezas,

muy pocas promesas.

Aprendí que en perder

hay también belleza.

Un perfume en el bolsillo

me mira distinto, va conmigo.

Como un verso ajeno,

como un viejo amigo.

Un par de aciertos

andan por ahí,

se sientan conmigo

cuando quiero huir.

Besos esquivos,

sueños de arena,

mi revolución

se me ha vuelto condena.

Pero sigo en la mesa,

con whisky barato,

escribiendo palabras

para salvar mis ratos.

Y si hoy no es el día,

ni este el poema,

igual le sonrío,

aunque no valga la pena.

De tal suerte

“Velar se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte.” — J.M. Para L.R.

Corro hacia la muerte y ella hacia mí,

tan seria en su camino, tan cortés para mí.

Yo inclino apenas la cabeza al pasar,

pero no pienso, señora, partir sin brindar.

Vivo de tal suerte, con tan terco fervor,

que algo ha de quedarme más allá del dolor.

Si he de darme al silencio, si he de ceder la voz,

que viva en lo que dejo aquello que fui yo.

Injusticia

Cosa rara

la arrogancia

de mi opinión

que me lleva

a escribir

este salpicón.

Sinceramente

no sé

si lo busqué.

Pero bello sería

saber

que lo encontré.

Que en unas pocas palabras

versos, frases

logré poner

una ínfima parte

de esas cosas

que solo pueden

sentirse

o soñarse.

Esas

que al nombrarlas

ya

no hacen justicia.

Quedan

perdidas.

Sigo vivo

Brindo a salud del desacato,

flor viviente del desencanto.

Por el humo, la noche y la mesa,

por el beso robado a la tristeza.

Brindo al error que no se arrepiente,

al loco brindis de toda la gente.

Por los poetas sin calendario,

que hacen del vino su rosario.

Brindo al viento de la tarde,

en las noches largas del verano;

por caerme y volver a brindar,

por reírme, festejar y llorar.

Por las guitarras que suenan torcidas,

y las promesas que quedan perdidas.

Brindo al amor que quema temprano,

a la derrota que tiembla en la mano.

Y si mañana me encuentro caído,

brindo de nuevo:

sigo vivo.

Unas últimas palabras

No olvidar,

amar.

Dejarse encontrar.

Estar listo,

mirar al frente,

tomar un segundo,

volver a verte.

Y que lo que quede,

quede.

Al final,

la sensación

de haber vivido

será siempre

lo único mío.

En la paz,

en la guerra,

cuando falte la fuerza,

una voz,

una luz,

una flor que descansa,

traerán siempre

esperanza.

Epílogo

Y si llegaste aquí

Mis palabras

ya no son mías,

son tuyas.

El epílogo

es simple,

tan solo

lo quise.

— Daniel

De sueños, colores y algunas resacas. contratapa

Montevideo, 2026.